Estados Unidos: Elecciones tempraneras en campo minado y ambiente turbulento

Falta algo más de año y medio para el día de la votación presidencial. Muchos altibajos ocurrirán en el desarrollo de este proceso que ya nos ha acostumbrado a cotidianos acontecimientos y nuevos ritmos en la confrontación política electoral.

Las elecciones en Estados Unidos son un proceso con mecanismos y procedimientos legales propios que actúan de manera independiente del resto de la vida nacional, pero sobre el cual influyen fuertemente las circunstancias políticas, económicas y sociales, tanto internas como exteriores, que en esta ocasión se añaden a las diversas y persistentes crisis institucionales el estilo errático, irracional, atentatorio al derecho internacional y con pretensiones de imponer la hegemonía imperial que el presidente Donald Trump ha proclamado como objetivo primordial de su gestión presidencial bajo la consigna: “Primero Estados Unidos”.

En los más de veintinueve meses transcurridos del mandato de Donald Trump, las elecciones para la presidencia en 2020 han estado siempre presentes en la arena política de Estados Unidos. Prácticamente ante cualquier tema en el panorama político, económico o social del país, sale a relucir una arista electoral. Es consecuencia de la crisis que afecta al sistema electoral “bipartidista” imperante en los Estados Unidos.

La campaña para las elecciones presidenciales del 8 de noviembre en los Estados Unidos viene andando desde el mismo día en que Donald Trump fue electo para su primer mandato en noviembre de 2016. Trump formalizó su aspiración a un segundo mandato presidencial horas después de tomar posesión el 20 de enero de 2017.

Hasta ahora, hay solo otro contendiente republicano adicional aspirando a la nominación presidencial, el exgobernador por Massachusetts, Bill Weld, quien se registró como tal el 15 de febrero de 2019, con muy escasas posibilidades de lograr la nominación como candidato republicano, a menos que a Trump le suceda un cataclismo político. Quiere esto decir que a los republicanos no les queda otra salida que ir “a remolque” de Trump.

Trump en su primera campaña electoral tuvo la habilidad y olfato necesarios para darse cuenta del “bache político” de los republicanos y emplear medios novedosos de comunicación y un estilo de confrontación personal frente a sus oponentes de uno u otro bando. Independientemente del contenido falso, ofensivo y abusivo de los criterios, opiniones y propuestas transmitidos, puso de moda el uso del twitter como medio de comunicación, sentando pautas novedosas y efectivas. Tan exitoso fue el empleo de ese mecanismo que de inmediato fue imitado por todo el conglomerado político y cuando asumió la presidencia, oficializó el twitter como documento oficial de la Presidencia.

Prueba de lo efectivo de su estrategia de comunicación es que transcurridos dos años de su gestión presidencial, Trump mantiene el apoyo sólido del 90% del voto republicano, a lo cual se añade una proporción de los votantes independientes conservadores.

Los demócratas, anonadados por la contundente e inesperada derrota de noviembre 2016, también se movilizaron desde temprana fecha y, sin que existiera una unidad táctica entre las distintas tendencias, se fijaron como meta tomar desquite de los republicanos en las elecciones de mitad de mandato del 2018 y derrotar a Trump en las de 2020.

Los resultados de esas elecciones de mitad de mandato fueron, en cierta medida, favorables al Partido Demócrata. Recuperar la mayoría de la Cámara de Representantes con 235 escaños contra 199 republicanos y romper el control republicano sobre el Congreso federal, le dio a los demócratas la capacidad de entorpecer los planes y acciones de gobierno de Trump y es lo que han hecho desde que a principios de enero de 2019 se constituyó el nuevo Congreso.

(Falta decidir el escaño del Distrito 9 de North Carolina ya que la elección en la cual salió triunfante el candidato republicano fue anulada por votación unánime de la Junta Electoral Estadual y una nueva elección se celebrará el 10 septiembre o el 5 de noviembre próximos).

Sin embargo, en las elecciones para el Senado, fueron derrotados cuatro candidatos demócratas y solo un republicano, con lo cual la mayoría republicana aumento en dos, quedando 53 republicanos a 45 demócratas más 2 independientes (uno de ellos, Bernard Sanders) que hacen causa común con los demócratas. Por tanto, Trump y el Partido Republicano tienen capacidad para dejar sin efecto las acciones demócratas que les resulten inconvenientes porque las decisiones legislativas deben ser aprobadas con idéntico texto por ambas Cámaras (Senado y Cámara de Representantes) y, como presidente, Trump tiene la facultad de vetar cualquier decisión del Congreso, veto que solamente puede ser anulado por el voto de al menos sesenta senadores, lo que está bien lejos de las posibilidades demócratas.

De la veintena de demócratas relevantes aspirantes a la candidatura presidencial para las elecciones del 2020, el primero en registrarse ante la Comisión Electoral Federal fue el ex representante por Maryland, John Delaney, que lo hizo el 10 de agosto de 2017, seguido por el empresario y escritor, nacido en New York e hijo de padres inmigrantes taiwaneses, Andrew Yang, quien lo hizo el 6 de noviembre del mismo año.

El resto de los aspirantes demócratas esperó hasta el primer cuatrimestre de 2019 para registrarse, siendo el último, hasta ahora, el ex vicepresidente John Biden, quien el jueves 25 de abril anunció su decisión de aspirar a la presidencia del país, lo que tuvo como resultado inmediato que en las encuestas se reforzara su condición de candidato favorito para alcanzar la nominación por el Partido Demócrata.

RealClearPolitics, organización de información política y de evaluación de encuestas de opinión públicas, informaba que el 29 de abril, con una valoración ponderada de diversas encuestas nacionales, Biden contaba con la preferencia del 39% para lograr la nominación presidencial por el Partido Demócrata, seguido del senador por Vermont, Bernard Sanders (17%); la senadora por Massachusetts, Elizabeth Warren (8,8%) y el alcalde de South Bend, Indiana, Peter Buttigieg (8.3%), para un total de algo más de un 80%.

Otros cuatro aspirantes: la senadora por California, Kamala Harris; el exrepresentante por Texas, Beto 0´Rourke; el senador por New Jersey, Cory Booker; y la senadora por Minnesota, Amy Klobuchar, acumulan, en números redondos, el 15% de favor de ese cuarteto.

Los restantes doce contendientes tienen que conformarse con un magro 5% colectivo y todo indica que jugarán un papel de comparsa en la contienda electoral.

Se hace evidente en el inicio de la campaña de preparación para las primarias de los partidos que, a pesar de la proliferación de candidatos demócratas, solamente hay tres o cuatro de ellos con reales posibilidades de alcanzar la nominación.

El veredicto sobre las reales posibilidades de estos aspirantes se definirá con entre finales del año en curso y febrero de 2020, mes en que comienzan las elecciones primarias. Para ese momento los aspirantes a la nominación como candidato presidencial por el Partido Demócrata casi seguramente podrán contarse con los dedos de una mano.

(Desde semanas atrás corre el rumor de una posible “formula de ensueño ” en la cual Biden sería acompañado como candidata a la vicepresidencia por la afroamericana Stacey Abrams, derrotada por estrecho margen de menos de 55 mil (0,4%) como candidata a gobernadora por Georgia, en las elecciones de 2018. Este tipo de combinación — hombre blanco/mujer afroamericana — es la preferida por los votantes demócratas).

Durante los próximos nueve meses (hasta que comiencen a celebrarse las elecciones primarias) estos aspirantes estarán dedicados principalmente a visitar los estados claves en su aspiración presidencial; formar y poner en funcionamiento los respectivos comités de campaña electoral a lo largo y ancho del país; recaudar los millones de dólares que se requieren para poder llevar adelante la aspiración y elaborar y ejecutar las respectivas estrategias de campaña.

Es alta la posibilidad de que para entonces la cuestión a despejar sea si el desenlace de la etapa de las primarias, que tendrán lugar entre febrero y junio de 2020 tendrá como triunfador a un representante del liderazgo tradicional demócrata (ergo, Biden) o a uno del ala “progresista” (ergo, Sanders).

Eventos importantes en los meses próximos serán las doce sesiones de debates entre los aspirantes demócratas. Las dos primeras se celebrarán el 26 y 27 de julio de este año en Miami, Florida y serán transmitidos por la NBC y el 30 y 31 de julio en Detroit, Michigan, con la divulgación a cargo de CNN. Cada día podrán participar hasta diez candidatos para que tengan cabida al menos veinte aspirantes. Califican los que alcancen más de 1% de apoyo en tres encuestas consecutivas de entidades calificadas y presenten evidencias de haber recibido al menos 65 mil donaciones con un mínimo de 200 donaciones individuales en al menos 20 estados.

Falta por precisar fecha, horario y órganos de difusión. Cuatro de ellos se efectuarán antes de que comiencen las elecciones primarias a principios de febrero de 2020 y el resto tendrán lugar entre febrero y junio. Por el momento, la expectativa es que los veinte aspirantes declarados podrían participar en las primeras rondas.

El terreno electoral está minado porque muchas crisis se están gestando y hay suficiente tiempo político para que se produzcan desarrollos o desenlaces que incidan decisivamente en los resultados electorales.

La situación económica del país, que Trump y los republicanos presentan como el principal triunfo de su gestión presidencial, será el más descollante tema en el debate electoral y un factor cuya explosividad pudiera determinar la fortuna política de republicanos y demócratas en estas elecciones de 2020.

En septiembre de 2008 al final de ocho años de mandato presidencial del republicano George W. Bush se desató la “Gran Recesión”. La recuperación de la economía estadounidense y mundial se inició durante el primer mandato presidencial de Barack Obama y logró estabilizarse aunque de manera precaria en el transcurso de su segundo mandato. Trump asumió la presidencia cuando ya la economía estaba recuperándose y logró darle un impulso adicional con un conjunto de medidas que favorecieron al gran empresariado y, sobre todo, al 10% de la población que recibe el 90% de la renta nacional.

Estas medidas, esencialmente de carácter fiscal y gubernamental, comprendieron la reducción de los impuestos federales, la eliminación o relajamiento de regulaciones federales a la actividad empresarial, el incremento de los gastos fiscales federales y la eliminación de impuestos por la repatriación de capitales estadounidenses invertidos en el exterior.
Como resultado disminuyó el desempleo hasta cifras muy cercanas a lo que se define como pleno empleo y se ha prolongado el período de crecimiento de la economía nacional a plazos sólo alcanzados en la década final del pasado siglo.

Las cifras sobre la economía estadounidense en el primer trimestre de 2019 indican que el PIB creció un 3,2% a pesar de que se había pronosticado que caería a un 2% y el desempleo se ha reducido al 3,8%, muy cercano al nivel del 3,5% que se consideraría como pleno empleo.

Los críticos de la gestión presidencial de Trump sostienen que este relativo crecimiento económico no podrá mantenerse en los próximos meses y predicen que el 2019 será el final de la relativa bonanza económica del país que se ha logrado a costa de llevar el endeudamiento nacional a un monto que ya superó el total del PIB anual del país y sin que se hayan creado condiciones para un crecimiento estable y sostenido de la economía.

Otro factor que mina el campo electoral es la política de inmigración, que ha sido un componente principal de la gestión presidencial de Trump desde la anterior campaña electoral presidencial. Los primeros intentos de dejar caer el peso de las restricciones migratorias sobre los musulmanes concluyeron con un rotundo fracaso, ya que fueron rechazados reiteradamente por los tribunales de justicia y solo autorizados cuando se eliminaron los aspectos de discriminación étnica y religiosa.

El empecinamiento posterior de Trump en construir el “muro” en la frontera sur con México, por encima de la oposición de los demócratas que desde enero de este año controlan la Cámara de Representantes, a lo cual se sumaron algunos representantes republicanos que disienten de los propósitos de Trump, le ha provocado numerosos tropiezos entre los cuales destacan el cese temporal de una importante parte de las actividades gubernamentales con la consiguiente paralización del trabajo y el cobro de los salarios de unos 800 mil empleados federales porque el Congreso no se avino a proveer los fondos exigidos por Trump para la construcción del muro; una crisis total en el Departamento de Seguridad Interna de los Estados Unidos que desembocó en la sustitución de sus principales dirigentes; medidas represivas contra las familias de inmigrantes que incluyeron el encarcelamiento de menores que, además fueron separados de sus padres y la declaración de un estado de emergencia nacional para poder usar fondos militares para construir el muro, ante la negativa del Congreso a concedérselos; el enfrentamiento con gobiernos de estados y de grandes y medianas ciudades que ofrecen “santuario” a los inmigrantes ilegales y muchas más confrontaciones cuya explicación harían interminable esta relación, sin que se avizore la menor señal de que esta crisis tendrá un final feliz.

El asunto se mantiene como un hecho candente en la confrontación electoral con un alto potencial explosivo que pudiera dar al traste con las aspiraciones electorales presidenciales de uno u otro partido porque no se avizora una solución a este conflicto.

Otra mina en el campo electoral se desprende de la investigación del Fiscal Especial sobre la llamada “colusión con Rusia” y el papel jugado por Donald Trump para obstruir dicha investigación. A pesar de que los demócratas tienen la mayoría en la Cámara de Representantes no llevarán a cabo un proceso de “imputación” (impeachment) a Trump, pero están utilizando otros mecanismos a su alcance, como las actuales comparecencias del Secretario de Justicia ante una comisión de la Cámara de Representantes para determinar si la actuación del Presidente en este asunto ha sido contraria a sus deberes como primer mandatario de la nación.

Los republicanos contraatacan con el argumento de que no existen pruebas de impropiedad alguna en la actuación de Trump y que los demócratas están motivados por aspiraciones políticas electorales.

Estos son tres de los temas desde el punto de vista interno tienen mayor repercusión en el turbulento ambiente electoral en Estados Unidos. Tienen la impronta del estilo saltimbanqui y de la personalidad narcisista de Donald Trump, quien ejerce su cargo de manera unipersonal, sin tomar en cuenta ni los marcos legales ni las estructuras institucionales del gobierno, del Congreso o de los órganos de justicia constituidos, ni el apoyo u oposición que exista con relación a sus iniciativas por parte de los que detentan el poder.

Pero es en la esfera internacional donde bajo la tutela de Trump estos rasgos de su personalidad han contribuido a generar la mayor turbulencia.

El gobierno de Estados Unidos ha roto o denunciado importantes compromisos internacionales y tomado medidas coercitivas comerciales y financieras unilaterales contra países y agrupaciones internacionales, tanto aliadas como rivales, lo cual ha enrarecido el ambiente y creado graves amenazas a la convivencia pacífica internacional.

En estos poca más de dos años, Estados Unidos ha dado una intensa batida en contra de los mecanismos de cooperación bilateral e internacional y en los meses recientes ha actuado con particular saña contra Venezuela, Nicaragua y Cuba, haciendo añicos todas las normas de respeto y de convivencia pacífica entre estados, organizando acciones violentas para derrocar gobiernos y subvertir el orden internacional.

Menos de una semana después de tomar posesión, Trump firmó una orden ejecutiva para retirar a Estados Unidos del Acuerdo Progresivo e Integral de Asociación Transpacífico, tal como había prometido en la campaña electoral y al cual Obama se había dedicado durante gran parte de su gestión presidencial. El 1º de junio de 2017 Trump cumplió con otra promesa electoral: retirarse del Protocolo de Paris sobre Cambio Climático. Dos meses después, por exigencia de Estados Unidos, se iniciaron las conversaciones con México y Canadá para renegociar el Acuerdo de Libre Comercio de América del Norte, también parte de las promesas electorales de Trump. El 8 de mayo de 2018 el gobierno de Estados Unidos anunció su retirada del acuerdo sobre el desarrollo nuclear con fines pacíficos de Irán (conocido como JCPOA, por sus siglas en inglés) y anunció la aplicación de fuertes medidas coercitivas comerciales y económicas contra ese país, a pesar de las opiniones en contra de los restantes signatarios del acuerdo, particularmente sus aliados Francia, España e Inglaterra. Y para culminar, el 1º de febrero de este año, el Secretario de Estado, Pompeo, formalizó la preanunciada retirada de Estados Unidos del Tratado de Fuerzas Nucleares Intermedias en Europa (INF, por sus siglas en inglés), vigente desde 1987.

Trump ganó las elecciones de 2016 echando a un lado el estilo tradicional y las formas ortodoxas de la política de los Estados Unidos. Derrotó a una larga relación de destacados políticos republicanos y a la organización y dirección nacionales de dicho partido.

Esa ha sido también la forma en que ha conducido su gestión presidencial. Trump se ha valido del descontento prevaleciente en la población por la actuación de las instituciones gubernamentales y políticas dominantes. De manera reiterada las encuestas de opinión señalan una opinión desfavorable sobre Trump, pero hay que tomar en cuenta que la opinión es aún peor sobre los partidos Demócrata y Republicano, sobre la gestión del Congreso y sobre la situación futura del país.

Este estado de ánimo de la población puede servir para entender el surgimiento de las tendencias que se aprecian en el ambiente político en el país y en la composición de fuerzas dentro de los republicanos y los demócratas en los últimos años.

Entre las fuerzas republicanas e independientes conservadoras se aprecia un resurgimiento de sectores extremos tales como el nacionalismo blanco, los neo-nazis, la derecha alternativa (alt-right, en inglés), todas las cuales podemos calificar como “variaciones sobre un mismo tema”: la mentalidad fascista. En la Cámara de Representantes la expresión más cercana de esta tendencia es el House Freedom Caucus republicano, formado en enero de 2015 y que actualmente cuenta con no menos de 32 miembros (No se sabe el número de sus integrantes, porque el grupo mantiene reserva sobre ese dato). El actual gobernador de Florida, Ron DeSantis fue miembro prominente del grupo hasta ser electo para el cargo que ocupa.

Este grupo alcanzó notoriedad en septiembre-noviembre de 2015 cuando encabezó un virtual golpe de estado contra John Boehner, por entonces Presidente de la Cámara de Representantes, cargo que es el tercero en la línea de sucesión presidencial de Estados Unidos. Boehner tuvo que renunciar a su cargo ante el chantaje de los integrantes del mencionado Caucus que intentaron imponerle una agenda política de extrema derecha. Trump califica a ese grupo como uno de sus principales y más firmes aliados.

Una corriente similar, pero de signo contrario va tomando fuerza en el Partido Demócrata. A partir de la decepción causada en las filas demócratas de mayor arraigo popular por no materializarse los cambios prometidos por Obama y la imprevista derrota electoral de Hillary Clinton en 2016 ha ido tomando fuerza en las huestes demócratas una corriente con diversas tendencias donde algunos se definen como “progresistas” y otros como “social demócrata”, dejando atras las tradicionales etiquetas “liberales” o “conservadores” que eran aplicadas tanto a demócratas como republicanos.

Gran parte de su fuerza proviene de las más jóvenes generaciones, a las cuales se han bautizados como “generación X” (nacidos a partir de mediados de la década de los años ´60 del pasado siglo); “generación milenial” o “Y” (formada a partir de los nacidos en la segunda mitad de la década de los ´70) y “generación Z (la componen los nacidos a partir de mediados de la década del ´90).

Tres fuentes de influencia tiene esta tendencia: el Partido Socialista de Estados Unidos (SPA, por sus siglas en inglés), el movimiento Occupy Wall Street y la campaña electoral de Bernard Sanders de 2016. La actuación electoral de estas generaciones se ha ido estructurando a partir de la victoria electoral de Donald Trump con la expresa determinación de hacer oposición al actual presidente de los Estados Unidos.

Aunque no están organizados a la usanza de los partidos políticos tradicionales y actúan electoralmente a través del Partido Demócrata, tienden a identificarse bajo el nombre de Demócratas Socialistas de Estados Unidos (Democratic Socialists of América).

Se ha organizado también un Comité de Acción Política (Political Action Committee o PAC, por sus siglas en inglés) denominado Democrats for Justice, que actúa con otras organizaciones progresistas, como el PAC Our Revolution, creado para apoyar la candidatura de Bernard Sanders.

La más renombrada representación de esta corriente progresista es Alexandria Ocasio-Cortez, la mujer más joven electa a un cargo de representante en el Congreso de los Estados Unidos. AOC, siglas por las cual los medios de prensa y comunicación social identifican a Alexandra, alcanzó notoriedad cuando en las elecciones primarias del 26 de junio de 2018 logró derrotar John Crowley, representante demócrata titular durante diez períodos electorales seguidos y considerado entre los cuatro más poderosos congresistas demócratas actuales. Crowley ostentaba el cargo de presidente del Caucus Demócrata en la Cámara de Representantes y era considerado un eventual sucesor de Nancy Pelosi en el cargo de Presidente de la Cámara. En las elecciones finales de noviembre 2018, AOC resultó electa como representante con el 78% de los votos. La empresa que publica el diccionario Merriam Webster, informó que después de la victoria de AOC las búsquedas de la palabra “socialismo” se dispararon un 1500%.

AOC es el reverso de la medalla de Crowley. Nacida en New York el 13 de octubre de 1989, de padre hijo de puertorriqueños y madre puertorriqueña ha tenido una rutilante vida desde sus primeros años de vida. Se destacó en la secundaria en estudios hispanos y sobre microbiología por lo cual en un pequeño asteroide fue nombrado 23238 Ocasio-Cortez en su honor. En 2008 ingresó en Boston University donde cursó estudios internacionales y de economía, graduándose con honores en 2011.

El Distrito 14 por el cual fue electa AOC comprende fundamentalmente el este de Bronx y el centro y norte de Queens. La mitad de la población es latina y también un 50% son inmigrantes. Se calcula que solo uno de cada cinco habitantes es blanco. Desde el punto de vista social, la población es fundamentalmente de la clase trabajadora. Independientemente de esa composición demográfica, en las elecciones del 2018, los mayores márgenes de ventaja a favor de AOC se produjeron en las áreas donde hay mayor población blanca.

Sobre AOC se ha concentrado el fuego del liderazgo tradicional “bipartidista” republicano y demócrata. Sus dos más altos representantes, Trump y Pelosi han hecho declaraciones contra AOC, el primero con mayor grado de agresividad y la segunda de manera más moderada. La organización progresista no lucrativa Media Matters for America informó el 11 de abril pasado que los órganos de la reaccionaria cadena Fox News habían emitido durante 42 días seguidos un total de 3181 artículos con ataques y condenas a AOC.

Una tendencia más extrema de la izquierda lo constituye el llamado movimiento Antifa, nombre tomado del movimiento antifascista de la época de Hitler y Mussolini. No tiene estructura ni organización y emplea como forma de acción la confrontación directa con las manifestaciones de los neonazis y supremacistas blancos, bien sea a nivel de calle o a través de los medios de comunicación social.

Esta expansión de las corrientes extremas hacia la derecha y hacia la izquierda en uno y otro partido, es consecuencia de la crisis institucional de los dos componentes esenciales del “bipartidismo”: Partido Republicano y Partido Demócrata, que han mostrado ser incapaces de hallar solución efectiva a la miríada de conflictos que aquejan en el plano doméstico a la sociedad estadounidense la sociedad estadounidense.

Queda mucho trecho por andar en estas elecciones. Por lo pronto, el Washington Post le reconoció a Donald Trump haber alcanzado un hito histórico en su presidencia. El pasado viernes 26 de abril, Trump llegó a la marca de 10,000 afirmaciones falsas o engañosas durante su presidencia y al día siguiente ya iba por 10,111. ¡Medalla de oro a la maldad!

Tomado de http://www.cubadebate.cu/especiales/2019/05/08/estados-unidos-elecciones-tempraneras-en-campo-minado-y-ambiente-turbulento/

Acerca de ZonaFranK

No pestañeo cuando te miro, Para que te acuerdes de mi apellido. La operación Cóndor invadiendo mi nido, ¡Perdono pero nunca olvido!
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