Sin máscara y al desnudo.

Por Jorge Ernesto Angulo Leiva

Las estadísticas de contagios y fallecidos por el nuevo coronavirus, convirtieron a Estados Unidos en el epicentro mundial de la pandemia, desde el sábado 11 de abril.

Las causas del ascenso meteórico del virus en una nación tan poderosa, no responden a la mala suerte, ni a una conspiración divina contra el Estado cuyos billetes proclaman «Creemos en Dios». La raíz de todos sus males radica en la incompetencia de quienes aseveran luchar por «Hacer grande otra vez a América».

La Humanidad aún ignora cómo surgió la enfermedad, pero la experiencia acumulada en pocos meses debería bastar para saber combatirla eficientemente.

Por tanto, podríamos esperar que “los protectores de la paz en nuestro planeta”, estuvieran listos para ayudar a contener la compleja situación epidemiológica global, pero la realidad demuestra que no son capaces siquiera de preservar la vida dentro de sus fronteras.

No encuentro una razón que explique la lentitud en el accionar de la mayoría de los políticos estadounidenses, quienes tomaron en cuenta y declararon, por fin, la llegada del enemigo invisible, cuando este había cobrado sus primeras víctimas.

Esa paciencia transformó el aseguramiento de las condiciones imprescindibles para hacer frente a la expansión del coronavirus, en una misión imposible.

La enfermedad respiratoria, en cambio, no pierde el tiempo y protagoniza una marcha arrolladora por la nación de las barras y las estrellas, donde el total de infectados ronda los dos millones.

Falta de medios de protección para el pueblo e incluso para algunos médicos, cincuenta millones de ciudadanos sin seguros de vida, deportaciones a los inmigrantes sanos y contagiados, por igual; son pinceladas del desalentador panorama interno norteamericano.

En las etapas de crisis, los Estados muestran el verdadero color de sus garras. Si la mayor economía de América ha mantenido el mismo espíritu durante cientos de años, ¿por qué deberían cambiar ahora?

Los norteamericanos que confían en su presidente y en su Congreso, y quienes no creen en las palabras del jefe la Casa Blanca, hoy sufren del mismo modo el abandono de una administración heredera de todo un legado histórico; reflejado en los problemas de la sociedad actual, a los cuales, el gobierno del magnate inmobiliario realiza contribuciones innegables.

La política exterior también es responsable del momento que atraviesa esa nación. Su interés secular por dominar el orbe ha provocado que cada uno de sus frentes abiertos- tanto en guerras comunes como no convencionales- agotaran la Reserva Federal, incapaz de cubrir los gastos necesarios para controlar la pandemia. En 2017, Donald Trump anunció un desembolso de dicha institución bancaria, contabilizado en trillones de dólares, para el desarrollo del Complejo Militar Industrial.

En medio de estas realidades, Estados Unidos utiliza la pandemia como pretexto y contexto para recuperar terreno perdido: aprieta la soga sobre el cuello de Cuba, acusa a Venezuela de ser un narcoestado y prepara una agresión armada contra su pueblo, crea artimañas para atribuir a China la culpa por el surgimiento del virus y lograr un acercamiento en su carrera por el control del mercado.

En la apuesta, sin embargo, perdieron todo el dinero, porque, lejos de triunfar en sus nuevos caprichos, expusieron ante la opinión internacional el fracaso de sus propósitos y, sobre todo, de sus métodos. ¿Qué persona, incapaz de permanecer en pie, puede derribar a otra? Ante la imposibilidad de lograr la estabilidad sanitaria interna, debieron aceptar donaciones nada menos que de Rusia.

La hegemonía arrebatada por la fuerza económica de China, aún le roba el sueño a quienes desean habitar un planeta donde el lema «Norteamérica, primero», no quede en simples palabras. Asumir esa reconquista como tarea prioritaria, en condiciones donde lo más importante consiste en salvar vidas; arroja para los norteños, como único resultado posible, el puesto cimero en la tabla fatídica de contagiados y muertos por el coronavirus.

Una vez más, estamos frente a una evidencia irrefutable de que el capitalismo agotó sus oportunidades de ofrecer un mejor estado de desarrollo a la Humanidad, y únicamente puede conducirla a su exterminio.

Valga recordar a Hugo Chávez cuando expresó que para salvar nuestro planeta, urge cambiar el sistema. Distintas intenciones alberga Donald Trump, quien ha ordenado la reapertura, en mayo, de la actividad laboral normal de su nación, con el fin de no salir tan mal parado de esta crisis económica que, quizás, rescriba la correlación mundial de fuerzas. Estados Unidos se quitó la máscara para “enfrentar” este virus.

Tomado de

 

Acerca de ZonaFranK

No pestañeo cuando te miro, Para que te acuerdes de mi apellido. La operación Cóndor invadiendo mi nido, ¡Perdono pero nunca olvido!
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